| |
|
|
|
| |
[1] Me refiero a
la muestra de Lucas Di Pascuale, “Homenajes”, que incluía trabajos dedicados a
Allende, Beuys, Castelli, Cortázar, Duchamp, Ana Frank, Gandhi, Guevara,
Hernández, Juana de Arco, Kieslowski, Lennon, Leonardo, Luther King, Rosa
Luxemburgo, Madres, Sacco y Vanzetti, Saint-Exupéry, Sandino, San Francisco,
Soriano, Yupanqui, Zapata, en el Centro de Arte Contemporáneo Chateau Carreras,
Córdoba, en 1997. |
|
|
H31: La Politicidad de lo íntimo
Por Ana Longoni
H31 puede pasar por la sigla que designa a un presidiario, un punto en la
batalla naval (tocado, hundido), la denominación de un compuesto químico o de
un asteroide. H31 se parece a una
clave, a un misterio. Pero H31 es el
nombre de un homenaje.
A Agustín Tosco.
Un
homenaje que se suma a otros[1]. Y otros que se suman al homenaje.
La
recolección de imágenes (fotos, dibujos, algún apunte) partió de una
convocatoria de Lucas Di Pascuale a la gente de su entorno para seleccionar y
entregarle una imagen con una carga emotiva fuerte, sin saber bien para qué
destino. Trabajar con emociones prestadas, intimidades ajenas. El artista se
apropia de estas imágenes a partir de hailar un discurso -también íntimo pero
propio-, un discurso que acude, entrañablemente, a nombres, apellidos, apodos
de gente que deja de ser anónima. Un discurso en primera persona, en singular.
Un discurso sin certezas (“me parece”, “es posible”).
Dos
reuniones (la de los homenajeados, la de los homenajeadores): la primera en
cierta medida aleatoria, la segunda, involuntaria. La causalidad, la voluntad
radican en el gesto del artista de reunirlos. Voluntad de componer un cuerpo,
un colectivo, un nombre, a partir de la pertenencia, en el primer caso, a una
constelación de amores y admiraciones donde conviven músicas, colores,
tormentos, proclamas; en el segundo, a una cierta intimidad compartida, lazos
mínimos, familiares, amistades, vecindades. Lazos de vida (“el arte sobre el que hablo es la vida
de personas”). Intensidades de la emoción.
La
nomenclatura en clave para obturar la mención del nombre reconocido. Para
dificultar la asociación entre el homenaje y el homenajeado. Para evitar
cualquier caída en la referencialidad en la lectura de la obra.
Al
trabajo de Lucas se suma el “Relato” de Gabriela Halac, que recupera aquel
viejo procedimiento del montaje. Ella arma un diálogo en el que evidencian sus
contrastes voces bien distintas, voces mediáticas,
oficiales, históricas, literarias, testimoniales. Voces datadas en un mismo
tiempo y que sin embargo no pueden mezclarse. Discursos oficiales, comunicados
de prensa, cartas, entrevistas. La palabra no es unívoca: las palabras son
contrastantemente otras, de otros. Un relato que no sigue una línea, sino que
ofrece muchas, que se exhiben en sus sentidos literales, en su no-sentido y en
su respiración jadeante. La respiración de los que corren las calles cordobesas
en mayo del ’69.
En
esta suerte de homenaje secreto para el personaje público que H31 propone, los autores construyen un
pacto en el que el verbo no es el comienzo, sino una materia que la imagen
puede apropiarse y decir en sus términos. Un desafío a las formas
convencionales de involucrar el arte y la política, en el sentido del trastorno
de la subordinación habitual de la visualidad bajo (al servicio de) la letra de
la política (o la historia). Es decir: aquí, el arte dice su homenaje al hombre
político con sus signos y sus convenciones, sus propias reglas, sus entredichos.
Sus silencios y sus decires, sus caprichos y sus incógnitas.
Pero
la apuesta más radical que hallo en este trabajo me remite a otra subversión: H31 reivindica -contra todos los lugares comunes de la práctica
política tradicional- las voces, los rastros de la intimidad, la singularidad
de cada biografía, los espacios de la vida privada. H31 reclama por otra discursividad política, y además la encarna en
sí misma. Desde allí puede leerse
el distanciamiento respecto de los íconos reconocibles (la hoz y el martillo,
la estrella) estampados sobre el cuerpo (quizá inerte o al menos enfermo) de
Frida Kahlo: “Me parece que no quiero ser Frida”.
Y
a partir de allí funda un entramado entre individuos: una recomposición posible
(no exclusiva) del maltrecho sujeto colectivo que Agustín Tosco representa en
el mejor sentido (dirigente querido de un movimiento obrero combativo que
acaudilló la pueblada que eclosionó en Córdoba y transformó el mapa político
argentino de los años siguientes). Tosco encarna lo mejor, digo,lo más reivindicable de aquella intensa
experiencia, que ni Lucas Di Pascuale ni yo misma ni otros tantos vivimos
directamente sino como horizonte de referencia de nuestras propias prácticas
militantes en los ’80, que hoy se nos aparecen despojadas de sentido, o al
menos despojadas de sus certezas.
La
democracia que Lucas señala en Tosco como rasgo fundante se vuelve
procedimiento, “mecanismo de trabajo” o ejecución de la obra. El modo del homenaje recompone/devuelve un cuerpo
al homenajeado, un cuerpo actual, vivo, una red de lazos entre vidas que
transcurren.
El
libro expone cómo se compone este cuerpo, una trama hecha de retazos. De fotos
queridas, recuerdos, rostros amigos, pasados añorados, viajes, enamoramientos,
embarazos, mascotas, rincones cotidianos, señales. Recuerdos, pequeñas
anécdotas, añoranzas, viajes realizados y viajes pendientes. Un álbum familiar
en préstamo. ¿Al artista o a Tosco?
“Quiero referirme a cuando el sol es de
uno”. Aquel tiempo: pasado, futuro. La
autobiografía del artista, de las vidas de su círculo más cercano, es la que
homenajea a Tosco.
El
arte recompone la politicidad, pero una politicidad definida desde otro sitio,
en nuevos términos. La política, en tanto discurso de lo público, se corre aquí
al ámbito de lo íntimo, de la suma de individualidades integradas por el pedido
y el discurso del artista. Una práctica que provoca lazos, o los vuelve
visibles, allí donde ya no se ven.
|
|